miércoles, 7 de septiembre de 2016

Los ocupantes de espacios



En verano se pueblan las calles con seres distintos al resto del año. Ocupan aceras, comercios, plazas y avenidas, rincones y bancos, a buen recaudo del sol agosteño.

Hacia tiendas y bares, ambientes vedados cuando los habitan los presurosos, fluye la marea de los desposeídos de años, de futuro, de salud, de perspectivas, de sueños.

Despejada la ciudad de los que encarnan el presente, queda libre para los que acuñan carencias en fotogramas amarillos de cartón piedra.

Se atreven, en ausencia de los veloces que atraviesan el espacio con la premura de lo mucho por hacer, a lanzar su paso vacilante en la pasarela diáfana, durante las horas tempranas, antes de que apriete el calor. Cual ejército desarbolado trastabillan unidos al mástil del largo bastón, a derecha e izquierda, buscando el ansiado equilibrio.

Los debutantes en el mundo de las sombras, osan palpar caminos, abriendo sendas a la oscuridad del mañana.

Ante el vacío de los coches emigrados a las playas con padres, niños, maletas y perros en busca del alborotado sosiego, otro parque móvil se asienta con seguridad. Los usuarios de sillas de ruedas compiten en modelo, maestría y ligereza por las pistas desocupadas. Dueños absolutos del lugar se trasladan en infinidad de artilugios recién estrenados.

Los snowboards ceden el espacio diario de brincos y piruetas que han cambiado por el salto marino sobre las olas a los trémulos debutantes octogenarios.

Contempladores de prisas desde sus ventanas de invierno, hombres y  mujeres en ráfagas de impaciencia desplegando la excitación que les produce alcanzar la meta diaria en la caótica ciudad de las distancias. Ahora pueden, sin miedo al sobresalto que les provoca la vorágine rayana en la locura de la celeridad urbana, salir a la palestra.

Convergen en la danza asincrónica que les mueve, pieles de cera, miradas despiertas, en este agosto madrileño que aviva, con la anchura del espacio y la inexistencia de urgencias, las ganas de vivir como seres completos.

Atrás quedan los fríos, las lluvias, las vías abarrotadas, dónde, por no encontrar, no encuentran espacio para desplazarse, ni paciencia por parte de las jaurías que deambulan prisioneros del furor, esclavos de sus contiendas.


Es magnífico observar cómo desarrollan sus capacidades en libertad, sin que nadie enturbie las aguas por las que navegan, dueños de los paseos y las horas, en el frescor temprano del día, cuando la vida comienza.


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